Bailar es uno de los deportes más
completos y divertidos que se pueden practicar, de hecho, es parte importante de
disciplinas como la rítmica, el patinaje sobre hielo o la natación sincronizada -desde mi
punto de vista: ballet en el agua-. Bailar mejora el rendimiento
físico porque potencia la capacidad pulmonar y hace que el corazón se mantenga
fuerte. También previene la pérdida de masa ósea y, uno de los aspectos a
considerar seriamente de entre sus diferentes beneficios, estimula la producción
de endorfinas.
Las endorfinas son unas
sustancias peptídicas producidas de forma natural en el encéfalo que bloquean
la sensación de dolor y están relacionadas con nuestras respuestas emocionales
placenteras. Estimulan las zonas
del cerebro donde se generan las emociones satisfactorias, por lo que son clave
para el bienestar y la felicidad. Hubo un tiempo -cuando era una niña muy pequeña- en que rompía todos mis zapatos o zapatillas
porque siempre caminaba de puntillas. Ignorando los reproches continuos de
quien consideraba esta costumbre insana bailaba y bailaba y era feliz girando,
saltando, imitando los pasos de aquellas bailarinas que admiraba y aprendiendo
las coreografías de memoria… creo que esta pasión se inició cuando tenía 5 años
y… hasta hoy -podría
haber ido de gira con Madonna porque he practicado y memorizado todas las
coreografías de sus tours-.
Clásico, flamenco -punta,
tacón, tacón, punta, tacón, tacón- salsa,
bailes de salón, disco, contemporáneo… me daba y me sigue dando igual. Bailar
me hace feliz. No sé si será por el aumento de las endorfinas o porque la práctica deportiva tiene, al igual
que la morfina, efectos ansiolíticos, es decir, que anula las emociones y
las sensaciones negativas y considero que bailar es una forma de practicar
deporte -un arte
en el caso de algunos estilos y profesionales- y una magnífica opción para aquellos a los que
entrenar les aburre, pero bailar no. En un post anterior mencionaba que hay un
deporte para cada uno y que solo hay que encontrar el que se adapta a nuestras
circunstancias y no nos supone un suplicio -o no funcionará- y bailar puede ser el perfecto para aquellos
que detestan el gimnasio y prefieren divertirse con la buena música, en
ocasiones compartiendo el momento con amigos o compañeros de baile -una estupenda forma de socializar las clases en grupo-, porque no tendrán la sensación de que están
entrenando pero sí están consiguiendo gran parte de los beneficios que implica
la práctica deportiva.
Me encantan los musicales, especialmente los
que incluyen ciertos números de baile, desde Grease, pasando por Flashdance
a Dirty dancing -¡cómo te
añoramos Patrick Swayze!- hasta
los diálogos he memorizado de tantas veces que las he visto: “Nadie pone a Baby
en una esquina”.
Bailando y viendo a otros bailar he disfrutado -y aprendido- mucho. Asegura la ciencia que eso me ha hecho
más feliz, aunque no fuese consciente. Creo que la vida hay que disfrutarla y
que debemos procurarnos momentos de felicidad -porque ella ya se encarga de traernos los que
nos disgustan-, buscar
formas de diversión no dañinas y que hay que bailar, sola o acompañada -asegúrate de encontrar un compañero/a que no
tenga dos pies izquierdos- y báilatelo
todo, porque cuando te duelan o se te rompan los pies, nadie podrá quitarte lo
bailado.
Nota:
A los que como a mí les apasione el ballet les recomiendo la
película El ritmo del éxito.
@Soniagl_lifestyle


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