domingo, 18 de agosto de 2019

BAILANDO


Bailar es uno de los deportes más completos y divertidos que se pueden practicar, de hecho, es parte importante de disciplinas como la rítmica, el patinaje sobre hielo o la natación sincronizada -desde mi punto de vista: ballet en el agua-. Bailar mejora el rendimiento físico porque potencia la capacidad pulmonar y hace que el corazón se mantenga fuerte. También previene la pérdida de masa ósea y, uno de los aspectos a considerar seriamente de entre sus diferentes beneficios, estimula la producción de endorfinas.


Las endorfinas son unas sustancias peptídicas producidas de forma natural en el encéfalo que bloquean la sensación de dolor y están relacionadas con nuestras respuestas emocionales placenteras. Estimulan las zonas del cerebro donde se generan las emociones satisfactorias, por lo que son clave para el bienestar y la felicidad. Hubo un tiempo -cuando era una niña muy pequeña- en que rompía todos mis zapatos o zapatillas porque siempre caminaba de puntillas. Ignorando los reproches continuos de quien consideraba esta costumbre insana bailaba y bailaba y era feliz girando, saltando, imitando los pasos de aquellas bailarinas que admiraba y aprendiendo las coreografías de memoria… creo que esta pasión se inició cuando tenía 5 años y… hasta hoy -podría haber ido de gira con Madonna porque he practicado y memorizado todas las coreografías de sus tours-. Clásico, flamenco -punta, tacón, tacón, punta, tacón, tacón- salsa, bailes de salón, disco, contemporáneo… me daba y me sigue dando igual. Bailar me hace feliz. No sé si será por el aumento de las endorfinas o porque la práctica deportiva tiene, al igual que la morfina, efectos ansiolíticos, es decir, que anula las emociones y las sensaciones negativas y considero que bailar es una forma de practicar deporte -un arte en el caso de algunos estilos y profesionales- y una magnífica opción para aquellos a los que entrenar les aburre, pero bailar no. En un post anterior mencionaba que hay un deporte para cada uno y que solo hay que encontrar el que se adapta a nuestras circunstancias y no nos supone un suplicio -o no funcionará- y bailar puede ser el perfecto para aquellos que detestan el gimnasio y prefieren divertirse con la buena música, en ocasiones compartiendo el momento con amigos o compañeros de baile -una estupenda forma de socializar las clases en grupo-, porque no tendrán la sensación de que están entrenando pero sí están consiguiendo gran parte de los beneficios que implica la práctica deportiva.

Me encantan los musicales, especialmente los que incluyen ciertos números de baile, desde Grease, pasando por Flashdance a Dirty dancing -¡cómo te añoramos Patrick Swayze!- hasta los diálogos he memorizado de tantas veces que las he visto: “Nadie pone a Baby en una esquina”.

Bailando y viendo a otros bailar he disfrutado -y aprendido- mucho. Asegura la ciencia que eso me ha hecho más feliz, aunque no fuese consciente. Creo que la vida hay que disfrutarla y que debemos procurarnos momentos de felicidad -porque ella ya se encarga de traernos los que nos disgustan-, buscar formas de diversión no dañinas y que hay que bailar, sola o acompañada -asegúrate de encontrar un compañero/a que no tenga dos pies izquierdos- y báilatelo todo, porque cuando te duelan o se te rompan los pies, nadie podrá quitarte lo bailado.






Nota: A los que como a mí les apasione el ballet les recomiendo la película El ritmo del éxito.



@Soniagl_lifestyle


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